“Cuando baja la marea se descubre quién nada en un mar de deudas”

El “Oráculo de Omaha”, Warren Buffett dijo una vez que solo cuando baja la marea se descubre quién nadaba desnudo. En el caso de las pymes, tras el tsunami provocado por la crisis sanitaria, el apaciguamiento de las aguas empieza a revelar aquello que ya era conocido por los más puestos en la materia: nuestro tejido empresarial lleva décadas sustentándose a base de endeudarse año tras año.

El endeudamiento responde a una necesidad, la de financiarse, que es imprescindible para el desarrollo de cualquier empresa. Habitualmente, a través de este endeudamiento se impulsa su crecimiento y se mantiene una operativa adecuada. Sin embargo, deuda y financiación no son sinónimos, ya que hay otras formas de obtener capital, como las aportaciones de los socios de la empresa o las subvenciones a fondo perdido.

Ahora bien, si existen otros tipos de financiación, ¿por qué endeudarse? Lo cierto es que es que el endeudamiento externo, instrumentalizado en forma de préstamos, pólizas de crédito y otros productos financieros, ha sido la fórmula más utilizada por las pymes, por el poco compromiso que genera, ya que tan solo se tiene que velar por su devolución en el plazo pactado y pagar los correspondientes intereses.

Esta situación ha hecho que las otras dos grandes vías hayan estado más limitadas. Por un lado, esto es lógico en el caso de las subvenciones a fondo perdido, puesto que su propósito es únicamente incentivar proyectos o actuaciones muy concretas que desean promover las instituciones públicas.

Su aplicación por lo tanto está muy limitada y no es una fuente fiable de financiación, ya que depende de coyunturas o momentos específicos. No obstante, en el contexto actual, esta vía de financiación va a cobrar un mayor protagonismo y un ejemplo de ello es la concesión de los fondos europeos, el mayor esfuerzo monetario de la historia de la Unión Europea.

En este sentido, vemos cómo el Estado y las instituciones públicas están fomentando la inversión en determinadas áreas, para impulsar un cambio en la sociedad y frenar el avance del cambio climático. Las empresas que apuesten por este cambio tendrán grandes nichos de financiación en las subvenciones a fondo perdido.

El bote salvavidas: las aportaciones de capital

Sin embargo, por mucho que parezca que los estados apuestan por las subvenciones, esto no será ni debe ser la base de la financiación de un tejido empresarial sano, ya que se corre el riesgo de desplazar a las dinámicas de mercado. Y siendo como lo son los mecanismos de endeudamiento una “huida hacia delante”, ya que las empresas ya están sobre endeudadas, cabe empezar a pensar en las aportaciones de capitales de los socios como una forma de fortalecer a las empresas para poder capear el temporal.

Hasta ahora, la escasa aportación de recursos de los socios para sustentar el crecimiento y desarrollo de la empresa se ha relegado en favor del endeudamiento, puesto que en muchas ocasiones los socios no disponían de recursos personales para inyectar en la empresa o bien no estaban dispuestos a dejar entrar en la compañía a otros socios inversores, que sí tenían posibilidad y apetencia de ello.

Sin embargo, el resultado es el de un tejido empresarial formado por pymes con una estructura de financiación desequilibrada, donde los fondos propios -recursos aportados por los socios- son mínimos y la deuda -que hay que devolver- es elevadísima. La proporción entre una partida y la otra es, exactamente, la inversa de la que debería ser y a lo que se explica en las escuelas de negocio y que es lo que, con buen criterio, han hecho en los países anglosajones.

Un rescate exitoso

El fondo del problema radica en que es insostenible basar toda la financiación de la empresa en deuda que hay que devolver -ello castiga demasiado la liquidez-, puesto que lo adecuado sería obtener la mayor parte de la financiación por vías que, de entrada, no haya que devolver, como sucede con la aportación de capital por parte de los socios, a los que se retribuye mediante dividendos sólo cuando la empresa genera beneficio. De este modo, la viabilidad del proyecto no se ve comprometida.

Esta es una de las enseñanzas que ha aportado la pandemia en el ámbito de la gestión empresarial. Además, la crisis sanitaria va a acelerar el cambio en este sentido, un cambio que por otro lado ya se debería haber acometido mucho antes. Pero, como en tantos otros ámbitos, las transformaciones solo se afrontan cuando ya no hay más remedio y, por tanto, en un contexto mucho más complicado para llevarlas a cabo.

Así, la postpandemia va a presionar a muchos empresarios a afrontar el dilema de aceptar la incorporación de nuevos socios inversores o correr el riesgo de que su empresa deje de ser viable. Algunos morirán con las botas puestas, viendo cómo su empresa se deshace como un azucarillo. Otros, en cambio, favorecerán la entrada de nuevos socios y, con ello, no sólo reforzarán los fondos propios de la empresa y su estructura de balance, sino que también incorporarán nuevas y mejores prácticas de management, y harán una gestión más transparente y objetiva que, sin duda, redundará en una mayor viabilidad y rentabilidad de sus empresas. El barco, a flote y viento en popa a toda vela.

Jordi Solé Tuyá, CEO de Kreedit y empresario con 25 años de experiencia que se dedica a la financiación de pymes españolas.